Aquellas noches calurosas de verano, cuando su padre se ausentaba por las noches para ir a supervisar los trabajos en el muelle. La madre y el hijo pasaban el límite de lo prohibido y se envolvían en los mantos de la lujuria y el incesto. Ella se vestía de lo más sexy que podía para de esta forma provocar hasta el extremo a su hijo, un joven que tenía las hormonas alborotadas y que encontraba en su madre el amor y el sexo que nadie más podía brindarle en ese momento. Ambos se dejaban llevar por la pasión de sus cuerpos llenos de sed de sexo y se entregaban como si fueran una pareja joven.

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