Desde que cargo con la responsabilidad de mantener yo sola a la familia, poco a poco, fue como si un castillo se desmoronase frente a mis ojos. No recibía el mismo respeto que mis hijos tenían sobre su padre pero este ya no estaba con ellos para poder poner orden en algunas conductas que ellos estaban empezando a practicar. Quizá era la rebeldía o el trauma que ellos estaban pasando, es lo que me explicaba el psicólogo, pero así se fueron criando, generando entre ellos un amor mucho más allá que el de hermanos, teniendo tocamientos que eran indebidos, hasta que algunas veces terminaba descubriéndolos escondidos en algunos rincones de la casa teniendo sexo. No supe qué hacer, me sentía destruida, decepcionada, había fallado como mujer y lo estaba haciendo como madre al no saber dirigir bien a mis hijos en sus inclinaciones sexuales. Cuando esto sucedía me resignaba a solo contemplar como ellos disfrutaban de tener sexo entre hermanos mientras yo interiormente sufría porque había criado a un par de hijos que ya estaban a punto de ser adultos pero seguían insistiendo en ofrecerse amor muto no de hermanos sino de pareja.

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