Ya había tenido un encuentro sexual con mi sobrina Roxana hace mucho. Ahora ella, ya era una mujer adulta, viviendo sola en su departamento y yo aún seguía siendo soltera pero no había encontrado la magia que alguna vez descubrí a su lado cuando me acosté con ella mientras todavía solíamos darnos ese afecto prohibido. No dude en llamar y pedirle visitarla un fin de semana, sin dudar ella aceptó mi propuesta, pero la noche que la fui a visitar, noté su nerviosismo al verme quizá por lo que pudiese volver a ocurrir, es más, actuó como si no me reconociera al momento de verme, pero claro pudieron ser los nervios o los recuerdos lo que le hicieran actuar de una manera algo distante conmigo. Luego que unas copas de vino blanco permitieran doblegar nuestros miedos, fui directo al grano, a lo que había ido, necesitaba decirle que no había vuelto a acostarme con otra mujer que me haya hecho sentir la juventud y el placer en todo mí ser como ella. De un momento a otro me encontraba frente a aquella mujer que era mi sobrina, tan linda y placentera como siempre. Se dejó besar y tocar y se sometió a mis deseos, luego de excitarla demasiado logré que se venga y corra en intensas humedades vaginales. Ella también sabía hacer lo suyo, sabía perfectamente hacer aquella posición con la cual ambas gozábamos y con la cual yo terminaría en intensos orgasmos que me dejarían saber que el amor y el deseo que sentía por mi sobrina habían crecido mucho más desde la última vez que la vi y así se lo hice saber antes de quedarnos dormidas cansadas de tanto placer.

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